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La esquizofrenia es una enfermedad que prácticamente siempre se inicia entre los 15 y, como mucho, los 30 años de edad. Es muy infrecuente que su inicio sea más allá de los 30 años.

Hasta el momento no se ha podido demostrar ninguna alteración genética concreta que predisponga a padecer esquizofrenia. No obstante, diversos datos permiten sugerir que sí existe cierta predisposición genética.

  • En la población general, aproximadamente una de cada cien personas padece esquizofrenia. Sin embargo, la probabilidad de padecer esquizofrenia si uno de los progenitores lo padece es de uno de cada 10 (es decir, el riesgo de padecer esquizofrenia es 10 veces superior al de la población general si uno de los progenitores padece la enfermedad).
  • Si un hermano gemelo padece la enfermedad, el riesgo de que su otro hermano gemelo (idéntico genéticamente) padezca la enfermedad es de un 50%. Este dato permite sugerir que la genética tiene un papel relevante en el desarrollo de la enfermedad pero que otros factores (desconocidos hasta el momento) también son clave.
    Otra cuestión relevante es que en muchas ocasiones la enfermedad aparece en un individuo que no tiene antecedentes familiares de esta enfermedad. Es decir, no es necesario que haya un familiar afecto para poder desarrollar esta enfermedad.

No sabemos a ciencia cierta la respuesta a esta cuestión. No obstante, a día de hoy no es posible afirmar que se haya demostrado que el abuso de algún tóxico sea un factor que predisponga al desarrollo de esta enfermedad. Lo que sí que sabemos es que diversas drogas facilitan el presentar transitoriamente algunos síntomas que también pueden observarse en la esquizofrenia.

Otra cosa diferente es si el tomar drogas favorece un peor curso de la enfermedad. La respuesta en este caso es que sí. En general, las personas que abusan de algún tóxico tienen más recaídas de la enfermedad. No se sabe si la peor evolución es debida a que el tóxico perjudica directamente a la enfermedad o si el problema deriva de que cuando hay abuso de tóxicos suele haber un peor cumplimiento del tratamiento y, a partir de ese mal cumplimiento, hay más recaídas.

Relación causal demostrada, no. Las diversas etapas de ciclo menstrual y la menopausia no juegan un papel relevante en el curso de la enfermedad. Ni el embarazo ni el postparto parecen ser épocas de la vida de la mujer asociados a un aumento del riesgo de recaída o de empeoramiento clínico si se padece esquizofrenia.

El delirio es un síntoma que puede aparecer en diversas enfermedades psiquiátricas. Por tanto, no sería correcto proponer el diagnóstico de esquizofrenia por el mero hecho de padecer este síntoma. Otra cosa es que toda persona que padece esquizofrenia presenta en alguna ocasión a lo largo de su enfermedad este síntoma (en ausencia de tratamiento farmacológico hay tendencia a presentarlo de forma crónica).

Las alucinaciones también pueden observarse en diversas enfermedades psiquiátricas. Así como los delirios están presentes en algún momento del curso de la enfermedad en todo individuo afecto de esquizofrenia, no puede afirmarse que el 100% de las personas afectas de esquizofrenia tengan alucinaciones (pero sí un porcentaje muy elevado).

La siguiente tabla puede ser útil a modo orientativo en el diagnóstico diferencial entre esquizofrenia y otras enfermedades en las que también puede haber delirios y/o alucinaciones.

 

La esquizofrenia no tiene como síntoma propio de la enfermedad la agresividad o el deseo malévolo de hacer daño. No obstante, en presencia de síntomas psicóticos (en particular delirios y alucinaciones) hay dos aspectos a comentar que sí pueden facilitar que una persona afecta de esquizofrenia se muestre transitoriamente más agresiva que los individuos que no padecen esquizofrenia.

  • El individuo que padece síntomas psicóticos es frecuente que presente ansiedad e irritabilidad elevadas. Por definición, la presencia de ansiedad e irritabilidad sí predispone a cualquier persona (con esquizofrenia o sin esquizofrenia) a tener conductas más impulsivas, algunas de las cuales pueden ser agresivas.
  • Los delirios y/o alucinaciones, aunque infrecuentemente, pero pueden ser en sí mismos de una temática que facilite el actuar con agresividad frente a terceros. Por ejemplo, un delirio puede consistir en estar totalmente convencido de que un individuo determinado es el diablo y que quiere hacerle daño. Frente a esta idea (delirio) la mayoría de pacientes optan por solicitar ayuda (a un familiar, a la policía, a un sacerdote, etc.) o huir, pero en algunos casos se actúa agresivamente (como defensa, nunca por el mero hecho de agredir).

A pesar de estos dos hechos que sí pueden facilitar conductas agresivas, la experiencia clínica es que es muy infrecuente que se produzcan actos violentos en el contexto de la esquizofrenia. Probablemente este hecho es debido a que con independencia del componente ansiedad, irritabilidad, delirio y/o alucinación que puede padecer una persona con esquizofrenia, está el componente de la personalidad propia de cada individuo. La mayoría de las personas tenemos un carácter o personalidad contrarios a actuar con agresividad y buscamos en la medida de lo posible alternativas no violentas para solucionar los problemas (incluso aunque por un delirio pensemos que una persona es el diablo y nos quiere hacer daño).

Tal y como se ha comentado en el apartado de tratamiento, el tratamiento psicológico no es útil en la esquizofrenia.
Tal y como también se explicó previamente, como consecuencia de las limitaciones sociales y/o académicas derivadas de los síntomas afectivos y cognitivos de la esquizofrenia, un individuo afecto de esquizofrenia puede desarrollar síntomas de ansiedad y/o depresivos. Estos síntomas secundarios a las limitaciones graves que la enfermedad puede ocasionar en la vida de la persona, sí pueden beneficiarse de un abordaje psicológico.

No hay bibliografía realizada con una metodología científica rigurosa que permita responder a esta cuestión. Mi experiencia clínica es que ninguna alternativa “natural” es eficaz en el tratamiento de los síntomas de la esquizofrenia.

Cabe aclarar aquí que cualquier hecho que resulte agradable a una persona, puede ayudar a mejorar transitoriamente la ansiedad o el estado de ánimo de ese individuo; otra cosa muy diferente es que mejore los síntomas propios de la esquizofrenia.

Las alternativas “naturales” aquí citadas no pueden provocar un empeoramiento de la enfermedad. En algunos textos se puede leer que hay que ser muy cauto al combinar hipérico y/o triptófano con los antipsicóticos; no obstante, en las dosis en las que habitualmente se venden el hipérico y el triptófano no hay una contraindicación real (es decir, pueden combinarse con tranquilidad con los fármacos antipsicóticos).

En base a la elevada eficacia antipsicótica del tratamiento electroconvulsivo, desde hace décadas existe en la comunidad médica un enorme interés por obtener una alternativa terapéutica al electroshock que, manteniendo el objetivo de producir una estimulación eléctrica, no requiera de anestesia ni, si es posible, de la provocación de una convulsión electroencefalográfica. La estimulación magnética transcraneal es una técnica no cruenta que reúne dichos criterios (no requiere anestesia, no requiere convulsión) en la que mediante la aplicación repetida y mantenida de campos magnéticos en el área prefrontal (más o menos en la zona de las sienes) se induce una corriente eléctrica.

A pesar de haberse publicado diversos estudios sobre estimulación magnética transcraneal en esquizofrenia, no existe un amplio consenso respecto a la eficacia del mismo. La controversia existente se debe a varios hechos. Por una parte existen aspectos metodológicos de dichos estudios que dificultan la obtención de conclusiones; por otra parte, los propios resultados respecto a su eficacia son muy heterogéneos. Estos hechos justifican que la aplicación clínica de esta alternativa terapéutica todavía sea motivo de debate.

No. La estimulación cerebral profunda es un tratamiento quirúrgico experimental. Por el momento, esta técnica terapéutica está totalmente restringida al ámbito de la investigación.

Lo primero que llama la atención al intentar responder a esta cuestión es la escasez de información bibliográfica al respecto. Partiendo de este supuesto, dos ideas claves permiten responder a esta cuestión.

  • Diversos fármacos antipsicóticos pueden producir una discreta sedación. Es importante recordar que este efecto suele ser transitorio y leve. Por otra parte, el alcohol, por sí mismo, también puede producir cierta somnolencia. En base a estos dos hechos (el alcohol puede producir cierta somnolencia y algunos fármacos utilizados en la esquizofrenia también pueden ocasionar somnolencia diurna inicial) se entiende que el consumo combinado de alcohol y de fármacos antipsicóticos, sobre todo en los primeros días del tratamiento, puede provocar una sensación de sueño superior a la que tendríamos al tomar o solo alcohol o solo el fármaco para la esquizofrenia.
  • El consumo crónico de alcohol puede reducir la eficacia de la mayor parte de los fármacos. El consumo continuado (no puntual) de cantidades elevadas de alcohol puede comportar un aumento en la velocidad de metabolización hepática de diversas sustancias (es decir, la velocidad a la cual el hígado destruye el fármaco que ingerimos). Este aumento de la velocidad de metabolización hepática de los fármacos comportaría, clínicamente hablando, una reducción en la eficacia de los mismos. La consecuencia final de todo ello sería que para que un fármaco sea útil en personas consumidoras de cantidades elevadas de alcohol sería necesario prescribirlo a dosis superiores a las habituales.

En base a estos dos hechos descritos, ¿qué es posible sugerir respecto al consumo combinado de alcohol y fármacos antipsicóticos y respecto a las consecuencias del consumo de alcohol sobre la evolución de la esquizofrenia?:

  • Durante los primeros días de la toma de un fármaco antipsicótico es probable que el paciente presente cierta sedación o somnolencia. La probabilidad de que esto suceda es superior si el individuo consume simultáneamente alcohol.
  • Si un paciente toma alcohol de forma crónica, es probable que requiera dosis de fármacos superiores a las habituales. A mayor consumo de alcohol, más probable que sea necesario este aumento de dosis.
  • El consumo ocasional o el consumo moderado diario de alcohol, no estaría contraindicado en pacientes que toman fármacos antipsicóticos.

La retirada brusca de un fármaco antipsicótico no suele comportar efectos secundarios relevantes.

Otro aspecto a considerar es si hay o no más riesgo de recaída por el hecho de que se retire de forma rápida (o incluso brusca) el tratamiento farmacológico. La respuesta a esta cuestión es que se desconoce si hay más riesgo de recaída al retirar el tratamiento farmacológico de forma brusca que al hacerlo de forma progresiva. Es decir, la idea tan ampliamente extendida de que es indispensable retirar el tratamiento antipsicótico progresivamente no está demostrada que sea cierta.

A pesar de lo explicado, a día de hoy sigue siendo una práctica generalizada el realizar la retirada del cualquier tratamiento farmacológico psiquiátrico de forma progresiva. Una vez se ha decidido empezar a retirar un fármaco, la reducción de dosis se suele realizar por etapas, dejando un mínimo de 4 semanas entre un cambio de dosis y el siguiente. La justificación teórica de esta reducción progresiva de dosis es que el efecto clínico de una dosis determinada es probable que se mantenga hasta 3 ó 4 semanas después del cambio de dosis. De esta forma, la reducción por etapas permitiría que, entre una reducción de dosis y la siguiente, transcurra el tiempo necesario para poder evaluar si hay o no un empeoramiento clínico.

En la actualidad disponemos de fármacos antipsicóticos que se toman por la vía usual, es decir, por boca (bien sea en forma de pastilla o en líquido) y fármacos antipsicóticos que se ponen en inyección.

Algunos de los fármacos en inyección (también llamados antipsicóticos depot) se pueden poner en las nalgas o en los brazos a la altura del hombro, mientras que otros solo se pueden inyectar en las nalgas. Asimismo, unos se ponen cada 2 semanas, otros cada 3-4 semanas y, uno de ellos, cada 3 meses. Varios fármacos antipsicóticos están disponibles en más de una presentación, es decir, pueden prescribirse en forma de pastilla y/o líquido y en inyectable.

Para un mismo antipsicótico, globalmente hablando, podríamos decir que la eficacia y los efectos secundarios no son claramente diferentes en función de la vía de administración. Es decir, la razón para escoger la vía de administración no suele ser el mejorar la eficacia o el mejorar los efectos secundarios. Dos suelen ser las razones que llevan al médico a prescribir un antipsicótico en inyección:

  • La preferencia del paciente. Hay personas que prefieren una inyección cada varias semanas a tomar medicación cada día. En la práctica, al menos en España, la mayoría de personas afectas de esquizofrenia prefieren una medicación que se toma por boca a una medicación inyectada.
  • Mejorar el cumplimiento del tratamiento. En algunos individuos afectos de esquizofrenia y que toman el tratamiento a regañadientes (por no estar de acuerdo en que padecen una enfermedad) puede ser más fácil conseguir que, periódicamente, cada varias semanas, vayan a un centro médico a ponerse una inyección, que lograr que se tomen la medicación cada día.

Y a cambio, ¿puede tener algún inconveniente tomar la medicación inyectada en vez de por vía oral? Dos aspectos al respecto debemos comentar:

  • Médicamente hablando, siempre es discutible introducir un producto químico en el cuerpo y que pierdas la capacidad para “sacarlo”. La medicación tomada por boca desaparece casi en su totalidad de la sangre en menos de 24 horas, mientras que la que introducimos en el músculo, queramos o no, va a estar pasando a la sangre poco a poco durante varias semanas. Con la medicación inyectada, en el caso de que haya algún efecto secundario que ocasione grandes molestias al paciente, no tenemos margen de maniobra (con el tomado por vía oral tampoco, pero él solo desaparece rápidamente). También es cierto que, habitualmente, cuando prescribimos un antipsicótico inyectado, previamente hemos dado el mismo producto por vía oral (en pastilla o en líquido) y, como hemos comentado antes, los efectos secundarios por ambas vías de administración suelen ser similares. Por tanto, es poco probable que nos encontremos con efectos secundarios no esperados al sustituir la vía oral por la vía inyectada.
  • Mi experiencia clínica es que, en ocasiones, cuando el paciente con esquizofrenia tiene poca conciencia de enfermedad y, por tanto, gran rechazo al tratamiento farmacológico, se tiende al uso de los antipsicóticos inyectables en vez de aumentar el tiempo dedicado al paciente para intentar que mejore su conciencia de enfermedad.

 

Es habitual responder a esta pregunta con un sí. No obstante, no hay estudios que demuestren este hecho. Mi experiencia personal es que una persona que padece esquizofrenia, siempre y cuando esté realizando adecuadamente el tratamiento farmacológico, no debe tener un temor especial a las situaciones de estrés. Por tanto, creo que la respuesta adecuada a la pregunta es que no, que el estrés no predispone a las recaídas si el tratamiento se está realizando adecuadamente.

Diversos aspectos son importantes.

  • Evitar prejuicios. El prejuicio más importante es considerar que será una persona violenta.
  • Las ideas delirantes y las alucinaciones no son modificables mediante el uso de la palabra. Es decir, por muy lógico que sea nuestro discurso, no conseguiremos que estos síntomas de la esquizofrenia remitan dialogando. De este hecho no hay que deducir que lo adecuado es dar la razón al paciente. Probablemente lo más interesante es decir que uno ve las cosas de otra manera y ya está, sin necesidad de llegar a un acuerdo respecto a quién tiene la razón. Suele ser más adecuado trasmitirle al paciente nuestra preocupación por el sufrimiento (ansiedad, insomnio, etc.) que tiene, que insistirle en que está equivocado respecto a lo que opina (delirios) o respecto a lo que oye (alucinaciones auditivas). El choque frontal simplemente facilita que el paciente cada vez confíe menos en el que se enfrenta a él y, por tanto, que cada vez el familiar pueda colaborar menos en el tratamiento. Que los allegados y los médicos evitemos hacer una crítica directa de pensamientos o sensaciones facilita que el enfermo se sienta más cercano a las personas que le rodean y, a la vez, más comprendido. Este aumento en la confianza permite que comunique con más claridad sus ideas y que podamos actuar frente a ellas con más diligencia.
  • La sintomatología afectiva y cognitiva puede ocasionar que el paciente tenga gran tendencia a no hacer nada de motu propio. A partir de ahí aparece la duda entre qué es enfermedad y qué es falta de esfuerzo. El límite es imposible de saberlo a ciencia cierta, pero sí es importante tener claro que como mínimo una parte importante de su escasa actividad, motivación, constancia, etc., es parte de la enfermedad y, por tanto, repetirle al paciente que es un vago o que no se esfuerza lo suficiente, probablemente es injusto.

Ante un intento de suicidio existen dos aspectos a tener en cuenta.

  • El primero, y más urgente, es intentar que el paciente sea visitado cuanto antes por un médico. Esta visita debe tener esencialmente dos objetivos: el primero, evaluar y tratar las consecuencias físicas derivadas del intento de suicidio (posibles heridas por el traumatismo, posible efecto nocivo de las pastillas ingeridas, etc.); el segundo objetivo es evaluar el riesgo de que se produzca un segundo intento de autolesión de forma inminente. En base a este riesgo se procederá al ingreso hospitalario del paciente (si es muy elevado) o a su derivación para un seguimiento ambulatorio especializado.
  • El segundo aspecto a tener en cuenta por las personas cercanas a un paciente que ha intentado suicidarse es algo parecido a lo expuesto en la pregunta “¿Cómo actuar si detectamos un posible riesgo de suicidio?”. Debemos intentar no culpabilizar al paciente. Es bueno que el paciente vea que entendemos que él se ha visto en la necesidad de realizar esta conducta como consecuencia del malestar intenso que le producen los síntomas de la enfermedad. Con independencia de ello, pero no en el momento agudo, tanto la familia como el personal sanitario, le podrán sugerir y/o enseñar conductas alternativas que puedan ayudarle en el futuro a reducir esa necesidad de acabar con su vida.

Las ideas de suicidio en el contexto de un trastorno psiquiátrico deberían ser consideradas como un síntoma más de la enfermedad. Existe una tendencia por parte de médicos y de no médicos a recriminar a la persona por presentar estas ideas (olvidándonos de que forman parte de la enfermedad), tildándole de “cobarde” o recordándole constantemente que hay “muchas cosas interesantes en la vida”, que “la vida no te va mal” y que “mucha gente sufrirá por tu decisión”. Estos comentarios críticos suelen ser perjudiciales para el enfermo. El paciente afecto de un trastorno psiquiátrico suele ser consciente de que objetivamente hablando no es “lógico” querer morirse, pero no sabe cómo frenar ese pensamiento; al propio paciente le asusta esa incongruencia entre lo objetivo y sus pensamientos, siendo innecesario recordarle esa incongruencia (simplemente estaremos potenciando que se sienta más culpable). Por tanto, una primera idea a tener muy en cuenta es que este tipo de comentarios críticos deberían ser evitados.

La actitud más adecuada ante la presencia de ideas de muerte suele ser comunicar al paciente que entendemos que, bajo el prisma patológicamente pesimista propio de su enfermedad, tenga o pueda tener estas ideas de suicidio.

Paralelamente, evidentemente, le recordaremos que estas ideas están facilitadas por la enfermedad y que, por tanto, hay que buscar ayuda especializada urgentemente. Es decir, intentaremos que no se sienta más culpable. Además, que los allegados y los médicos evitemos hacer una crítica directa de sus sentimientos facilita que el enfermo se sienta más cercano a las personas que le rodean y, a la vez, más comprendido. Este aumento de la confianza permite que comunique con más claridad sus ideas y que podamos actuar frente a ellas con más diligencia.

Por otra parte, no es correcta la idea ampliamente extendida de que quien comunica sus deseos de morirse, no se suicida. Con independencia de si el aviso es una solicitud de ayuda (o, como suele decirse, de forma un tanto peyorativa, “una llamada de atención”) o si es un deseo real de morirse, probablemente, el mejor planteamiento clínico sea considerar que todo persona que piensa de una manera u otra en la posibilidad de morir o de autolesionarse, está experimentando un nivel de sufrimiento muy elevado. Para paliar este sufrimiento la actitud más adecuada suele ser plantear el tema desde un punto de vista médico, sin hacer valoraciones personales de si es correcto o no pensar en la posibilidad de suicidarse.

Asimismo, cabe recordar en este punto que en gran número de países del mundo existen servicios médicos de urgencias e, incluso, teléfonos de ayuda, como puede ser el teléfono de la Esperanza, los cuales pueden ser de gran interés puntual en estas situaciones extremas.

La incapacitación judicial de una persona no se realiza por el hecho de padecer o no una enfermedad. La incapacitación se lleva a cabo en base a si la persona tiene o no capacidad para entender las consecuencias de cada uno de sus actos y, en caso de que la respuesta sea no, si esta pérdida de capacidad es transitoria o permanente.

Evidentemente, determinadas personas con esquizofrenia están en esta situación, pero en absoluto se puede decir que sea la norma. En casos concretos, desde el punto de vista médico lo ideal será promover dicha incapacitación, nunca como medida coercitiva, sino como forma de proteger al paciente frente a posibles consecuencias negativas para él derivadas de su capacidad de juicio limitada.

Los motivos para ingresar en un hospital a una persona que padece esquizofrenia suelen ser los siguientes:

  • Riesgo de suicidio elevado.
  • Presentar una disminución en su capacidad de juicio y un elevado riesgo de cometer de forma inminente conductas de consecuencias graves. Con el término de disminución de capacidad de juicio queremos decir que, como consecuencia de presentar síntomas psicóticos tipo delirios, alucinaciones, robo y/o lectura del pensamiento, el individuo no es capaz de discernir correctamente lo real de lo no real y no es capaz de evaluar adecuadamente las consecuencias a corto, medio y largo plazo de cada uno de sus actos.

En la práctica, el ingreso urgente en un hospital está justificado cuando hay un aparente riesgo de que el paciente, por su enfermedad, cometa inminentemente un acto de consecuencias graves e irreversibles para él o un tercero.

El ingreso hospitalario involuntario de un paciente afecto de esquizofrenia requiere, en primer lugar, que exista alguna de las indicaciones de ingreso descritas en la cuestión previa. Llegados a este punto, en el caso de que el paciente no acepte el ingreso existen vías administrativas/judiciales para proceder al ingreso. Esta vía depende del lugar de residencia del paciente.

Para el caso concreto desde donde se escribe esta página web (Barcelona, España), la forma de proceder es solicitar colaboración llamando al teléfono de urgencias médicas. Para que puedan actuar desde el teléfono de urgencias médicas tendremos que disponer de un informe médico donde se solicite que el paciente sea llevado a un área de urgencias de psiquiatría para valorar su estado psiquiátrico y la posible necesidad de ingreso hospitalario. Una vez se ha llevado al paciente a un Servicio de Urgencias, será el psiquiatra de guardia el que decidirá si es necesario o no proceder al ingreso voluntario o involuntario del paciente. Si es involuntario, el propio hospital se encargará de comunicar inmediatamente al juzgado de referencia que ha procedido al ingreso involuntario de un individuo.

Para obtener el informe médico que se nos solicitará en el teléfono de urgencias médicas hay dos vías diferentes:

  • Si el paciente se está visitando por un psiquiatra y este psiquiatra es consciente de su estado, se le puede solicitar a este psiquiatra que haga un informe médico describiendo la situación y sugiriendo la necesidad médica de un traslado voluntario o involuntario a un área de urgencias para su evaluación.
  • Si el paciente no se está visitando o si hace tiempo que no se visita y por tanto su médico habitual no conoce su estado clínico actual, simplemente necesitamos que ese médico o cualquier otro médico, haga un informe sugiriendo, a modo de ejemplo que “En base a lo que refiere la Sra, Josefina Cerezo, que se identifica como madre de Juan Pérez Cerezo, el Sr. Juan Pérez Cerezo podría estar afecto en el momento actual de un síndrome psicótico, con rechazo a realizar seguimiento ambulatorio y con probable alteración franca de su capacidad de juicio. Por lo aquí descrito, considero que el Sr. Juan Pérez Cerezo debe ser evaluado a la mayor brevedad posible, voluntaria o involuntariamente, en un Área de Urgencias de Psiquiatría para poder valorar su estado mental actual”.

La respuesta a esta pregunta es siempre compleja en medicina. La duda que se plantea es qué es mejor (o menos malo), exponer a la madre (y al feto) a una recaída o exponer al feto a un fármaco antipsicótico. El riesgo de recaída clínica en una persona afecta de esquizofrenia parece que es similar durante el embarazo que en cualquier otra etapa de la vida.

La legislación actual impide realizar los estudios necesarios para poder conocer con certeza el riesgo de toxicidad fetal de los fármacos. No obstante, a falta de estudios metodológicamente adecuados, sí disponemos de cierta experiencia clínica en la utilización durante el embarazo de determinados fármacos antipsicóticos. Dicha experiencia clínica podría resumirse de la siguiente manera.

  • Haloperidol, flufenazina, pipotiazina, perfenazina, clozapina, risperidona y olanzapina no parecen estar asociados a un mayor riesgo de malformaciones fetales. Todos ellos, en particular el haloperidol (por su amplísima experiencia en personas embarazadas), serían los fármacos antipsicóticos de elección en la mujer gestante.
  • Aripiprazol, amisulpiride, asenapina, paliperidona, quetiapina, sertindol y ziprasidona deberían evitarse en mujeres gestantes dada la todavía escasa experiencia existente en pacientes embarazadas. Asimismo, los fármacos antipsicóticos intramusculares deberían evitarse.

Al igual que sucede con la cuestión embarazo y fármacos antipsicóticos de la pregunta anterior, la información existente respecto a lactancia y dichos fármacos es muy pobre. Asimismo, dicha bibliografía adolece de una metodología científica que permita llegar a conclusiones respecto al posible riesgo que los estos fármacos tendrían sobre el lactante. Lo que sí que es perfectamente conocido es que todos los fármacos antipsicóticos alcanzan la leche materna y que, por tanto, los lactantes de madres en tratamiento con dichos fármacos están expuestos a ellos.

Dada la imposibilidad de basar nuestra actuación clínica en la bibliografía existente, los siguientes aspectos pueden sernos de utilidad a la hora de tomar decisiones clínicas:

  • La experiencia clínica no sugiere la existencia de efectos secundarios médicamente complejos en el lactante de madres que toman fármacos antipsicóticos.
  • A pesar de ello, dada la ausencia de información médica de calidad cabe partir de la idea de que se desaconseja la lactancia materna en madres que toman fármacos antipsicóticos.
  • El riesgo de recaída clínica en una persona afecta de esquizofrenia parece que es similar durante el postparto que en cualquier otra etapa de la vida.

La respuesta a esta pregunta no es rígida. No hay razones para responder a esta pregunta exclusivamente en base al diagnóstico en sí. Algunos de los síntomas que puede presentar una persona afecta de esquizofrenia pueden limitar en mayor o menor medida algunas de las cualidades que favorecen el buen cuidado de un hijo. De ahí a hacer una generalización, hay una enorme distancia. Por tanto, parece lógico individualizar la respuesta a cada sujeto, valorando además no solo el estado clínico en un momento dado sino su estado clínico a nivel longitudinal.

Respecto al tema de qué posibilidades hay de que un hijo herede la enfermedad, en una pregunta previa de este mismo apartado se ha comentado que el riesgo de que un hijo desarrolle esquizofrenia si el padre o la madre padece esquizofrenia es de un 10% (frente a un riesgo del 1% en la población general).